martes, 29 de abril de 2008

LAS PROPIEDADES DEL SER Y LOS PRIMEROS PRINCIPIOS

El ser y los trascendentales
J. Maritain
La segunda observación se desprende de la consideración de los trascendentales: Nos vemos obligados a reconocer que esta realidad obtenida por mí en la idea de ser, en la intuición del ser, y que expreso por la palabra ser, es, en cuanto manifestada objetivamente por y en la idea de ser, más rica y más provista de valores inteligibles que lo que la idea de ser en sí sola me descubre inmediatamente; ella exige, en virtud de una necesidad interna, desbordar en cierto modo la idea misma en que se objetiva.

Quiero decir lo siguiente:
Sabéis que los metafísicos reconocían cierto número de modos universales del ser, modos tan universales como el ser mismo y que se les llama trascendentales (passiones entis): lo uno, por ejemplo, es el ser en cuanto no dividido – es una faz del ser que surge frente al espíritu-, su consistencia interna; puede ser dividido pero al instante renuncia a sí mismo; perece, pues en la medida en que una cosa es, es una.

Lo verdadero es el ser en cuanto presentado a la intelección, al pensamiento; he aquí una nueva faz del ser que se manifiesta, una nueva resonancia brotada de él; responde al espíritu que conoce; le habla, sobreabunda en dicción, expresa, manifiesta una consistencia para el pensamiento, una tal o cual inteligibilidad que es él mismo; una cosa es verdadera –es decir, concuerda con lo que así dice de sí misma al pensamiento, con lo que anuncia de inteligibilidad-, en cuanto es. Lo que se manifiesta entonces es el orden de un cierto yo debo ser consustancial al yo soy: todo ser debe ser –y es, en cuanto existe- consonante, concordante con la expresión que haría de sí mismo un Conocimiento perfecto. ¿Y el bien, el trascendental bien?

El bien es el ser objeto del amor, del querer; y es éste una nueva epifanía del ser, nosotros volveremos a él enseguida: toda cosa es buena (metafísicamente; no estamos en el orden moral), es digna de ser amada, de ser el objeto de un amor, en la medida en que ella existe. Cada uno de estos transcendentales es el ser mismo bajo cierto aspecto. No le añaden nada real (¿qué podrían añadir ellos al ser?, fuera del ser no hay más que la nada); son como un aumento del ser por y en nuestro espíritu; no hay distinción entre el ser y lo uno, entre el ser y lo verdadero, entre el ser y el bien; son nociones “convertibles”, diversas inagotabilidades entre las cuales no media sino una distinción de razón, pero fundada en lo real, una distinción virtual.

Veis por consiguiente que para una sola y misma realidad, para algo que es uno y lo mismo fuera de mi espíritu, para cierta cosa que en cuanto ser es uno, verdadero, bueno, para esta sola y única realidad existente o que puede existir fuera de mi espíritu, tengo muchas ideas.

La idea, la noción, la ratio de ser es, en cuanto idea, distinta de la de uno, de la idea de verdadero, de bondad y de bien; tengo por consiguiente una multiplicidad de ideas que corresponden a una sola y misma realidad demasiado rica, demasiado generosa para llegar a mi espíritu por el vehículo de una sola idea, aun de esta idea primordial que es la idea de ser. Se podría decir que el ser fuerza al concepto mismo del ser a multiplicarse en conceptos diversos, a transgredirse a sí mismo.


PROPIEDADES TRASCENDENTALES
PROEMIO
González Álvarez

1.- Determinada la naturaleza del ente y establecida la síntesis de sus elementos constitutivos, procede avanzar al estudio de las propiedades o atributos del ente como tal. Siempre ha preocupado a los filósofos la cuestión de las propiedades del ente. Los griegos se ocuparon de las nociones de unidad, verdad y bondad. Los escolásticos profundizaron esos temas y distinguieron hasta siete “trascendentales” con los nombres del ente, cosa, algo, uno, verdadero, bueno y bello. En la actualidad siguen preocupándonos la cuestión de los valores supremos.

Tiene el problema tal gravedad que a él se trenza la posibilidad misma del progreso de la metafísica. ¿Debe la metafísica detenerse en el estadio en que la dejamos en el capítulo anterior y limitarse a la contemplación del ente como síntesis de esencia y existencia? La sola formulación de este interrogante nos está impulsando hacia nuevas conquistas en el territorio de la entidad. La pregunta ¿qué es el ente? se ha contestado así: unidad de esencia y existencia. Pero la respuesta está invitándonos a un desdoblamiento de la pregunta fundamental de la metafísica. ¿Qué riqueza encierra la existencialidad y qué perspectivas nos ofrece su consideración? ¿Qué es lo que existe y cómo está constituido el existente?

La primera de estas preguntas parece apuntar a las generalidades del ente, a ciertos aspectos que deben presentarse en todo cuanto existe, cualquiera que sea su modalidad. Estos modos generales del ente suelen llamarse “transcendentales”. El segundo interrogante, por el contrario, se sitúa en la línea de las particularidades del ente, diversificado en ciertos modos que se llaman predicamentos o categorías.

Por ahora nos ocuparemos únicamente de los modos generales o trascendentales. Acabamos de indicar que pasamos a ellos desde el ente por una especial consideración de la existencialidad. Mas, ¿cómo se verifica en concreto este tránsito? La pretensión de ciertos idealistas manejando una pura dialéctica rigurosamente deductiva suele perderse en la esterilidad o dar paso a construcciones que tienen más de líricas que de metafísicas. De la pura razón de ente nada puede sacarse que nos haga avanzar sobre ella misma. Sólo con nuevas apelaciones a la experiencia y merced a un proceso de integración de los elementos más generales de lo real con la experiencia fundamental, ya estudiada, puede la actividad discursiva del entendimiento realizar un progreso en el pensamiento metafísico.

El desarrollo conceptual del ente no se verifica como si la multiplicidad de las ideas surgiera de la idea del ente. El ente como ente no es un surtidor ni un hontanar. Como la idea del ente, todas las demás ideas tienen su origen en la abstracción y en la experiencia. Lo que sí sucede es que todas las demás ideas son determinaciones del ente, “del cual arranca como de su centro toda la concatenación de los conceptos”. En De Veritate, q. 1, a. 1, nos ofrece Santo Tomás un esquema de esta concatenación de los conceptos más cercanos al ente.

Aquello que el entendimiento concibe cono lo más conocido y en lo que resuelve todos los demás conceptos es el ente. De donde se desprende que todos los demás conceptos tienen que formarse por adiciones al concepto de ente. Pero al ente no se le puede añadir nada como cosa extraña, porque cualquier cosa que pudiera añadírsele sería ente. Se dice, empero, que se añade algo al ente cuando esa adición es un modo del mismo, no comprendido en su concepto.

Ahora bien, esta diferenciación interior del ente puede efectuarse de dos maneras: por expresión de los modos particulares del ente, con lo que se obtiene el repertorio de las categorías, o por expresión de los modos generales, que convendrán de manera universal y necesaria a todo ente. En este último caso, del que ahora nos ocupamos, puede, a su vez, ocurrir de dos maneras: en cuanto conviene a todo ente considerado en sí mismo y en cuanto conviene a todo ente considerado en orden a otro. Si el ente es afectado en sí mismo, obtenemos dos nociones frascendentales, según que se exprese en él algo positivo o negativo.

Afirmativamente parece que no hay nada que pueda aplicarse a todo ente en sí mismo más que su esencia, la cual se expresa por el nombre de cosa, res. Negativamente no se puede significar más que la indivisión del ente, que es expresada por la palabra unidad, pues uno, unum, no significa otra cosa que el ente indiviso. En el segundo caso, es decir, cuando considera al ente en orden a otro, puede haber una relación de división o separación o una relación de conformidad. La primera es expresada por el término algo, aliquid. La segunda puede ser doble, pues el alma, que puede entrar en conformidad con todo ente, dispone para ello de dos potencias, intelectiva y apetitiva; la conformidad del ente con el entendimiento es expresada por la palabra verdadero, verum, y la conveniencia de este con el apetito se llama bueno, bonum.

Según este texto, al lado de la noción primera se enumeran otras cinco nociones trascendentales. Los filósofos modernos se complacen agregando lo bello, pulchrum, que parece expresar también un aspecto absolutamente general del ente. El repertorio de las nociones trascendentales se extendería a siete: ens, res, unum, aliquid, verum, bonum, pulchrum.

2.- Ligadas a las nociones trascendentales se dan también ciertas verdades primeras que Aristóteles llamó axiomas. Como la noción del ente es la primera de las nociones trascendentales, parece natural que desempeñe un papel primordial en los axiomas. Por ello se les llama con razón principios ontológicos o principios del ente. También fue Aristóteles quien puso de relieve que tales verdades, axiomas o principios deben ser tratados por la metafísica, ya que tienen la misma amplitud y universalidad que el ente, objeto de ella.

Prefieren otros autores ocuparse de ello en lógica, porque tales principios son los reguladores de toda la actividad racional. Como tales, se llaman principios demostrativos. Conviene, empero, advertir que antes de presidir el funcionamiento de nuestra mente, y precisamente por ello, tienen el valor de leyes objetivas del ente. Y así serán considerados aquí. Mas por eso mismo, nos ocuparemos sólo de aquellos principios que, relacionándose al ente, deben ser absolutamente comunes y primeros. Sobre el número y el orden de los primeros principios no están de acuerdo los autores.

Nos ocuparemos muy especialmente de cuatro principios metafísicos –de contradicción, de identidad, de razón suficiente y de conveniencia-, que relacionemos al ente en cuanto ente a través, respectivamente, de las propiedades trascendentales aliquidad, unidad, verdad y bondad.